Aishlatino: Una joven judía en medio de África

Cómo impactó sobre mi identidad judía el hecho de ir como voluntaria a un rincón remoto del mundo.

Por: Heather Gelb

Una joven judía en Ruanda

¿Qué hacía yo, una joven judía de un pequeño pueblito norteamericano, en medio de África?

Supuestamente servía como voluntaria del Cuerpo de Paz en un centro de salud ubicado en medio de las verdes colinas de Ruanda. Alejada de toda comunidad judía, pensaba que mi fuerte impulso a ofrecerme como voluntaria en un rincón remoto del mundo, lejos de Israel, tenía poca conexión con mi identidad judía.

Pero después de varios meses de duro trabajo adaptándome a mis nuevas responsabilidades y a la cultura de Ruanda, recibí una impactante carta (sí, en esa época aún enviábamos cartas) de mi buen amigo Joe. Aunque él también había crecido en un entorno judío de mínima observancia, estaba estudiando seriamente sobre el judaísmo y se estaba preparando para viajar a Israel a estudiar durante un año.

Lo que más me impactó de su carta fue una breve discusión sobre las ideas de Rav kook respecto a la naturaleza del judío. Joe escribió:

“Rav Kook dice que la naturaleza básica del judío es servir a Dios y ser Su socio en el perfeccionamiento del mundo. Incluso el judío que no sigue ninguna de las leyes religiosas tiene este instinto básico. Él llama a esta naturaleza o esencia del judío la “segulá” (tesoro). Esto se remonta hacia atrás hasta Abraham, Itzjak y Iaakov, y nosotros tratamos de beneficiarnos de su rectitud. De todos modos, este tesoro es muy poderoso, y la teoría es que al servir a Dios llegamos a conocerlo mejor, y en consecuencia deseamos aprender más…

¡Lo que estás haciendo allí es una maravillosa mitzvá! Amar a tu semejante definitivamente es un importante ideal judío… no sólo amar a tu hermano judío. Espero que en los próximos dos años y medio nunca se desgasten tus energías. Pero si tienes contigo tu Torá, espero que encuentres tiempo para leerla, para mantenerte en contacto con el judaísmo y, lo más importante, con Dios. Tu misión es ver Sus maravillas desde una perspectiva diferente…”.

La carta de Joe tocó algo muy profundo. No podía dejar de pensar en eso. ¿Yo tenía un tesoro? Mi trabajo cobró otras capas de significado cuando intenté aplicar esas palabras a todo lo que hacía. Estaba trabajando para perfeccionar un pequeño rincón del mundo de Dios al ayudar a las cooperativas agrícolas locales y a los grupos de mujeres a procurar fondos para sus diversos proyectos de desarrollo, ayudaba a los maestros locales a escribir obras de teatro y de títeres con mensajes positivos sobre la salud para que los niños de las escuelas los representaran frente a sus compañeros, y enseñaba y promovía buenos consejos de alimentación a todos los aldeanos que acudían al centro de salud. Estaba cuidando y alimentando a todos los niños malnutridos que llegaban a pedir ayuda, incluso enseñé a algunas mujeres locales cómo montar una bicicleta, y en general fortalecí mi relación y la de la cultura que yo representaba con los amigos que me estaba haciendo en Ruanda.

Arrojar la Torá por la ventana

Sorprendentemente, al estar tan alejada de cualquier comunidad judía, pero sin embargo rodeada de personas muy espirituales, se despertó mi anhelo por fortalecer mi propia identidad judía, un interés que se había encendido el verano previo en un programa introductorio de estudio judío en Tzfad llamado “Livnot ULebanot”, donde había conocido a Joe.

Recordé la advertencia que había escuchado durante nuestros últimos días en “Livnot” respecto a “no arrojar la Torá por la ventana del avión al regresar a casa”. Me sentí obligada a revisar las pocas cosas judías que me había llevado: un pequeño libro de plegarias, una colección de historias judías, y un par de casetes de música judía. Comprendí que ni siquiera me había llevado un calendario judío y que me había olvidado por completo de las Altas Fiestas. Pero de alguna manera en ese momento de mi vida sentía que lo correcto era vivir en medio de África, y que eso en muchos niveles estaba más cerca de Israel que de mi hogar en Ohio.

Escribí una carta a Joe expresando mi deseo de aprender más sobre cómo ser judía en Ruanda, y le pregunté si él podía levantar la Torá que yo había “arrojado por la ventana” y mandármela por correo lo antes posible.

Pasaron algunos meses hasta que recibí la siguiente carta de Joe y la Biblia que le había pedido.

Debes leer:  10 preguntas que debes formularte a ti mismo este Rosh Hashaná

Sentí su emoción con la Torá. Incluso logró introducirme en un poco de estudio a larga distancia. Dado que ahora tenía mi Biblia, busqué la porción semanal de la Torá y leí los versículos que Joe me indicaba, pensé en lo que leí y luego analicé lo que él había escrito.

En su carta, Joe también escribió varias sugerencias respecto a cómo podía hacer que el Shabat fuera más sagrado para distinguirlo del resto de los días de la semana. Como cocinaba toda mi comida sobre una hornalla, me construí un horno solar con dos grandes cajas de cartón, papel aluminio y una tapa de vidrio para poder hornear jalá. También intenté capturar el interés de mis amigos y vecinos de Ruanda, con la esperanza de que les interesara ese invento para ahorrar leña.

Los viernes a la tarde ponía música judía para crear un espíritu de Shabat para mí misma después de un largo día de trabajo en el centro de salud. Las melodías antiguas y modernas que emanaban de mis casetes llenos de polvo sacudían recuerdos enterrados, liberando un compromiso renovado para conectarme con cualquier cosa judía, ya sea al tocar físicamente un libro de plegarias repleto con letras hebreas o con una caminata meditativa por los alrededores, buscando entre los pájaros y los árboles para tocar algo indescriptible pero sumamente real.

Shabat en Ruanda

Justo antes de la puesta de sol, me senté al lado de un pequeño sendero en la cima de una colina cubierta de hierba cerca de mi casa y le di la bienvenida al Shabat, mirando a lo lejos, sumergiéndome en la vida pacífica de las montañas cultivadas a mi alrededor: huertos de plátanos maduros, árboles de aguacate y café que se alzaban en silencio bajo la luz que iba bajando, y campos de soja, batatas blancas, mijo y mandioca que abrazaban la fértil tierra marrón rojiza. En el valle lejano se veía el contorno tenue y resplandeciente de los arrozales y los estanques de peces. El humo se elevaba perezosamente desde una de las pequeñas casas de adobe mientras el cielo iba oscureciendo con gloriosas combinaciones de rojo y púrpura. Los sonidos de las vacas y de los niños jugando se mezclaban con mi voz que tarareaba “Lejá Dodí”. La escena era tan perfecta que a veces me sentía como si fuera parte de un cuadro vivo que se había expandido más allá del marco para atraerme a su realidad.

Encender las velas fue otra manera en la que gradualmente comencé a traer la santidad de Shabat a mi vida. En una ocasión, un viernes cuando ya era bastante tarde, saqué dos velas y las coloqué en un candelabro de arcilla sobre el mantel. Después de encender un cerillo acerqué la llama a cada mecha, luego giré suavemente mis manos tres veces sobre las velas encendidas, tal como había visto que hacía mi madre. Con la luz brillando entre mis dedos, entoné la bendición para dar la bienvenida al Shabat. Justo cuando me senté y me preparaba para cantar las pocas canciones judías que sabía de memoria o que estaban en mi pequeño libro de plegarias, llamaron a mi puerta.

Algunos amigos y niños del barrio habían llegado a visitarme. Al entrar, observaron las dos velas que iluminaban la habitación. Sorprendidos, me preguntaron si tenía problemas con mis luces que funcionaban con energía solar. Les expliqué que había encendido las velas para marcar el comienzo del Shabat judío. Ellos vieron mi libro de plegarias y quisieron ver qué estaba escrito adentro. Aunque no entendían hebreo ni inglés, realmente disfrutaron al observar las letras hebreas. Mientras me rodeaban, decidí enseñarles una simple canción judía. Estaban ansiosos por aprenderla. Poco después estábamos cantando “Hine ma tov uma naim”. Tradujimos las palabras a su idioma, kinyarwanda, y cantamos la canción en ambos idiomas hasta que mis amigos partieron hacia la noche cálida.

Correr con falda

Traté de encontrar otros momentos para conectarme con Dios, no sólo en Shabat. Por la mañana me sentía especialmente cerca de Dios y agradecida de estar viva. Me despertaba con el sol, me ponía mis zapatillas y una pollera especial para correr, y salía por un sendero de tierra.

Al principio parecía un poco raro salir a correr con una falda, pero dado que el código social en mi zona de Ruanda fruncía el ceño ante las mujeres que usaban pantalones o cualquier prenda que revelara sus rodillas, manifesté sensibilidad hacia esta costumbre manteniendo un guardarropa de vestidos y faldas, incluso para hacer ejercicio. Mi propia consciencia hacia el recato en la vestimenta se lo debo a las mujeres de mi barrio. Después de algunos días, de hecho comencé a preferir correr con una falda sobre pantalones cortos o calzas. Me daba una sensación diferente de libertad.

Debes leer:  Zelensky: “Israel no nos dio nada”

Muchas veces, cuando corría por la cima de una colina, respirando el aire fresco y cálido, mis ojos deslizándose a través de la suave neblina que se levantaba de la tierra que comenzaba a despertarse, me sentía profundamente agradecida con Dios por darme ojos para ver algo tan impresionante, piernas para experimentar la libertad de movimiento, la oportunidad de conocer gente tan maravillosa e incluso la conciencia para apreciar la belleza de este mundo y mi lugar en él.

Había encontrado un propósito en el mundo y estaba agradecida por todos los regalos del Todopoderoso y por la belleza de este mundo, incluso cuando la sombra de las tensiones tribales y las amenazas de violencia se acercaban a mi comunidad. A diferencia de las áreas más turbulentas de la parte norte de Ruanda, allí había mucha tolerancia y paz entre las dos tribus étnicas principales (los hutus, bajos y morenos, y los tutsis, altos y de piel más clara) que vivían y trabajaban juntos en nuestro pueblo sureño.

Noté la preocupación en los rostros de mis amigos cuando las noticias del odio asesino y las explosiones aleatorias se filtraban en conversaciones nerviosas en la fila de espera en el centro de salud y alrededor del manantial de agua público, donde las mujeres llenaban sus bidones de agua. Las familias agotadas que habían huido de las masacres aisladas, recibieron comida y refugio en nuestro pueblo hasta que pudieron regresar a sus hogares.

A pesar de la creciente amenaza, la vida continuó con normalidad durante la mayor parte del año y medio que viví allí. Después de los estudios y las tareas del día, nadie necesitaba ser persuadido para unirse a una velada de canto, baile y narración de cuentos. Disfruté de la gente de mi comunidad y no percibí una gran diferencia entre mis amigos tutsis y hutus. Para mí, todos eran mis amigos ruandeses.

La judía blanca

No tardé mucho en descubrir cómo me veían ellos. Ante todo, como una norteamericana blanca, y todos los norteamericanos blancos que habían conocido antes glorificaban a la iglesia. Les fascinó cuando traté de explicar mi judaísmo. Ser judío les planteaba un dilema: “¿Cómo podía ser judía y norteamericana al mismo tiempo? Dado que la única exposición previa que los ruandeses tuvieron con los judíos fue a través de la Biblia, ellos creían que todos los judíos vivían en Israel. Que un judío viviera en cualquier otro lugar era inconcebible. Y yo pensaba que era idealista.

“Un día voy a vivir en Israel”, les dije y en verdad lo creía, teniendo en mente al joven que estaba estudiando en una ieshivá en Efrat, mi cable de conexión con el judaísmo.

Traté de ponerlos al día sobre la historia judía. También traté de explicarles por qué no asistía a una de las muchas iglesias locales los domingos. No era fácil debatir en su idioma con predicadores ruandeses, algunos de los cuales se referían a mi como una “hija de Abraham”. Estar inmersa en su cultura y tener muchos tutores dispuestos a enseñarme me ayudó a lograr competencia en el idioma kinyarwanda. Sin embargo, mi capacidad de expresión todavía era limitada. Finalmente quedaron satisfechos al saber que por lo menos rezaba, aunque fuera en mi propia casa y los sábados.

Cuando el peligro de guerra obligó al Cuerpo de Paz a evacuarme de Ruanda en 1993, eventualmente cambié mi lapicera por un anillo de boda y con Joe acortamos la distancia de nuestras sesiones de estudio de un continente a tan sólo unos cuantos centímetros.

Sólo ahora puedo ver claramente que mi “desvío” por Ruanda estuvo más lleno de propósito que de misterio. Si entiendo correctamente a Rav Kook, entonces esa naturaleza básica del judío que todos los judíos compartimos, ese impulso incesante de perfeccionar el mundo con las herramientas que tengo y dondequiera que esté, eso fue lo que me llevó de Ohio a África, y finalmente a Israel con un fuerte deseo de aprender más.

La paz retornó a las colinas de Ruanda, pero yo no retorné y elegí en cambio vivir en Israel. Con Joe construimos nuestro hogar en las colinas de Iehudá, inmersos en nuestra familia y en nuestra comunidad judía.

Cortesía: Aishlatino

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.